Tres Puntas ecoturismo

Cultura y gastronomía · Cataluña

Itinerario exclusivo: Montserrat y la Festa dels Romeus de Monistrol

¿Busca una forma diferente de explorar los misterios de la montaña sagrada? Lea esta crónica de viaje de Ecoturismo Tres Puntas.

Por Gianluca Mastrocinque17 oct 20265 min de lectura

¿Busca una forma diferente de explorar los misterios de la montaña sagrada? Le invitamos a leer esta crónica de viaje de Ecoturismo Tres Puntas y a descubrir cómo vivir una desconexión completa a través de nuestros itinerarios privados.

Salimos temprano hacia la Abadía de Montserrat. A medida que nos acercábamos, la niebla se cerraba sobre la montaña y la carretera quedaba casi vacía. Desde la vertiente norte, los imponentes monolitos aparecían y desaparecían en la bruma, dibujando por momentos una cresta que parecía imposible.

El Cavall Bernat, la Paret dels Diables, el Patriarca, els Frares Encantats... Los nombres ya lo dicen todo. Es como si alguien hubiera construido allí un Olimpo de piedra, hace millones de años, y luego hubiera dejado que cada roca recibiera su propio carácter.

Nos detuvimos en Santa Cecília de Montserrat. La ermita románica estaba prácticamente sola. La montaña desaparecía y reaparecía detrás de la niebla. Nos quedamos un rato sin decir mucho. El lugar tenía algo extraño, pero no hacía falta buscarle una explicación. Estábamos en paz.

Después seguimos hacia el monasterio. Antes de entrar, compramos algunas provisiones en los puestos tradicionales de los payeses: queso mató, miel pura y dulces de la zona. También unos cacahuetes garrapiñados que terminamos mezclando con el queso. No era exactamente una degustación diseñada por un especialista, pero a esa hora nos pareció una idea excelente.

Cruzamos el arco de entrada y llegamos al patio de la abadía. Allí aparece la fachada, el antiguo portal medieval y, detrás, todo el conjunto del monasterio. Hay turistas, peregrinos, grupos y gente haciendo fotos. Montserrat tiene esa mezcla inevitable de lugar de devoción y destino turístico que forma parte de su realidad desde hace mucho tiempo.

Entramos en la basílica para escuchar a la Escolania de Montserrat. Avanzamos hasta encontrar unos bancos a mitad de la nave, cerca de una imagen de San Sebastián. En los bancos de delante se sentaron dos personas mayores con un chico; por la forma en que se trataban, parecía su nieto. Era un chico alto, de rostro muy bello, con una discapacidad motora que le hacía difícil quedarse quieto. Buscaba una y otra vez a la mujer y al hombre, tocándoles la cara con manos temblorosas en busca de calma, mientras ellos acompañaban cada movimiento con un amor infinito.

Aquello duró un buen rato. Luego empezó el coro y, aun así, nuestra atención ya estaba en otra parte. No era una escena espectacular, solo una abuela, un abuelo y un chico intentando atravesar su propio cuerpo, como las flechas del San Sebastián a nuestras espaldas. Nos atrapó por completo. Lloramos los dos, en silencio, hasta que nos levantamos despacio y salimos de la basílica. Fuera, nos lo volvimos a cruzar; hablaba por teléfono, animado, distraído, y se movía con una ligereza viva e inadvertida, como el vuelo imprevisible de un pájaro.

Necesitábamos comer. Bajamos en coche y buscamos un pueblo cercano, siguiendo las indicaciones hacia Monistrol de Montserrat. Al llegar, no encontramos exactamente lo que esperábamos.

Todo el pueblo se había transformado en una vibrante recreación histórica: era la Festa dels Romeus, una recreación que devuelve a la vida el Monistrol del siglo XVI bajo el azote de la peste bubónica. Había carros, puestos de artesanos, tabernas y actores con trajes de época que interpretaban a enfermos, médicos y los antiguos oficios de la Cataluña renacentista. Hasta el antiguo burdel del pueblo formaba parte de la puesta en escena, con bastante humor. La ambientación estaba tan bien hecha que hacía olvidar por completo los móviles y los coches aparcados unas calles más abajo.

Comimos, dimos un paseo por el mercado de época y finalmente emprendimos la vuelta. El regreso fue tranquilo, dejando atrás las curvas cerradas mientras la montaña volvía a cerrarse sobre sí misma en la niebla. Dejamos atrás la abadía y Monistrol. Nos llevamos el sabor del queso con los cacahuetes garrapiñados, imágenes difíciles de explicar y aquella escena en la basílica que recordaríamos mucho más que el propio coro.

Hasta pronto, Montserrat. Montaña sagrada, sueño de peregrinos, gigantes de piedra y niebla. Nos volveremos a ver.

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